EJEMPLOS DE CUENTO

El Camino de los Tilos


Cuando sonó el teléfono yo estaba a punto de meterme en la cama. Cuando mi padre respondió supe por la voz, grave y taciturna que algo grave ocurría.

Mi mamá hacía una semana que no estaba en casa. Había tenido que viajar 120 kilómetros para atender a mi abuelo que estaba enfermo y como ya estaba mejor, la esperábamos en casa al día siguiente.
[U2] 

Después de todo, 120 kilómetros no son tantos y en dos horas, a más tardar estaríamos por allá.

Mi abuelo se negaba a que hiciéramos el camino de noche. No sé que superstición lo acobardaba. Pero la gente de campo tiene esas cosas. Como mi papá insistió. El abuelo le advirtió que no parara en ningún momento cerca de los tilos. Por más que le hicieran señas mujeres o niños.[U3] 


Así fue como metimos algunas cosas en el bolso y luego de parar en una estación de servicio para cargar nafta continuamos nuestro camino.

Tomamos la autopista. Era tarde y había muy poco tráfico. Luego salimos y tomamos una ruta rodeada de campos. Casi se podía ver todo ya que la luna iluminaba con un reflejo brillante a los grupos de árboles y animales.

Luego de un largo trecho tomamos un camino de tierra. No serían más de cuatro kilómetros, pero debíamos pasar rápidamente el camino bordeado de tilos. La niebla comenzó a descender rápidamente envolviendo al auto.[U4] 


Mi padre continuó sin bajar la velocidad. –Papá. Los vas a atropellar- grité.

Mi padre aminoró la marcha sin detenerse e inmediatamente vimos con estupor que la mujer y los niños se encontraban en el asiento trasero sin decir palabra.

Mi papá estaba blanco como un papel y yo me había quedado sin habla. ¿Cómo se habían subido al auto? ¿Quiénes eran estas personas?

Mi papá tomó con fuerza el volante, pero temblaba.

Cuando avanzamos dos kilómetros la mujer dijo – Aquí nos bajamos. Pare por favor.

Mi padre detuvo el auto. Ellos abrieron la puerta, dieron las gracias y desaparecieron.

Cuando llegamos a la casa, mi abuelo adivinó por nuestras caras de espanto lo que había ocurrido. Evidentemente ya lo había experimentado y nos convidó con un vaso de agua fresca.

A pesar de ver a mi mamá, con su yeso a cuestas, pero bien, ni mi papá ni yo pudimos dormir esa noche.

Cuando al día siguiente regresamos a casa, vimos tres cruces al borde del camino. Marcaban el lugar donde la mujer y sus niños se habían bajado del auto.[U5] 

Fin



El amor asesinado

Nunca podrá decirse que la infeliz Eva[U7]  omitió ningún medio lícito de zafarse de aquel tunantuelo de Amor, que la perseguía sin dejarle punto de reposo.

Empezó poniendo tierra en medio, viajando para romper el hechizo que sujeta al alma a los lugares donde por primera vez se nos aparece el Amor. Precaución inútil, tiempo perdido; pues el pícaro rapaz se subió a la zaga del coche, se agazapó bajo los asientos del tren, más adelante se deslizó en el saquillo de mano, y por último en los bolsillos de la viajera. En cada punto donde Eva se detenía, sacaba el Amor su cabecita maliciosa y le decía con sonrisa picaresca y confidencial: «No me separo de ti. Vamos juntos.»

Entonces Eva, que no se dormía, mandó construir altísima torre bien resguardada con cubos, bastiones, fosos y contrafosos, defendida por guardias veteranos, y con rastrillos y macizas puertas chapeadas y claveteadas de hierro, cerradas día y noche. Pero al abrir la ventana, un anochecer que se asomó agobiada de tedio a mirar el campo y a gozar la apacible y melancólica luz de la luna saliente, el rapaz se coló en la estancia; y si bien le expulsó de ella y colocó rejas dobles, con agudos pinchos, y se encarceló voluntariamente, sólo consiguió Eva que el amor entrase por las hendiduras de la pared, por los canalones del tejado o por el agujero de la llave.

Furiosa, hizo tomar las grietas y calafatear los intersticios, creyéndose a salvo de atrevimientos y demasías; mas no contaba con lo ducho que es en tretas y picardihuelas el Amor[U8] . El muy maldito se disolvió en los átomos del aire, y envuelto en ellos se le metió en boca y pulmones, de modo que Eva se pasó el día respirándole, exaltada, loca, con una fiebre muy semejante a la que causa la atmósfera sobresaturada de oxígeno.

Ya fuera de tino, desesperando de poder tener a raya al malvado Amor, Eva comenzó a pensar en la manera de librarse de él definitivamente, a toda costa, sin reparar en medios ni detenerse en escrúpulos. Entre el Amor y Eva, la lucha era a muerte, y no importaba el cómo se vencía, sino sólo obtener la victoria.

Eva se conocía bien, no porque fuese muy reflexiva, sino porque poseía instinto sagaz y certero; y conociéndose, sabía que era capaz de engatusar con maulas y zalamerías al mismo diablo, que no al Amor, de suyo inflamable y fácil de seducir. Propúsose, pues, chasquear al Amor, y desembarazarse de él sobre seguro y traicioneramente, asesinándole.

Preparó sus redes y anzuelos, y poniendo en ellos cebo de flores y de miel dulcísima[U9] , atrajo al Amor haciéndole graciosos guiños y dirigiéndole sonrisas de embriagadora ternura y palabras entre graves y mimosas, en voz velada por la emoción, de notas más melodiosas que las del agua cuando se destrenza sobre guijas o cae suspirando en morisca fuente.

El Amor acudió volando, alegre, gentil, feliz, aturdido y confiado como niño, impetuoso y engreído como mancebo, plácido y sereno como varón vigoroso.

Eva le acogió en su regazo; acaricióle con felina blandura; sirvióle golosinas; le arrulló para que se adormeciese tranquilo, y así que le vio calmarse recostando en su pecho la cabeza, se preparó a estrangularle, apretándole la garganta con rabia y brío.

Un sentimiento de pena y lástima la contuvo, sin embargo, breves instantes. ¡Estaba tan lindo, tan divinamente hermoso el condenado Amor aquel! Sobre sus mejillas de nácar, palidecidas por la felicidad, caía una lluvia de rizos de oro, finos como las mismas hebras de la luz; y de su boca purpúrea, risueña aún, de entre la doble sarta de piñones mondados de sus dientes, salía un soplo aromático, igual y puro. Sus azules pupilas, entreabiertas, húmedas, conservaban la languidez dichosa de los últimos instantes; y plegadas sobre su cuerpo de helénicas proporciones, sus alas color de rosa parecían pétalos arrancados. Eva notó ganas de llorar...

No había remedio; tenía que asesinarle si quería vivir digna, respetada, libre..., no cerrando los ojos por no ver al muchacho, apretó las manos enérgicamente, largo, largo tiempo, horrorizada del estertor que oía, del quejido sordo y lúgubre exhalado por el Amor agonizante.

Al fin, Eva soltó a la víctima y la contempló... El Amor ni respiraba ni se rebullía; estaba muerto, tan muerto como mi abuela.[U10] 

Al punto mismo que se cercioraba de esto, la criminal percibió un dolor terrible, extraño, inexplicable, algo como una ola de sangre que ascendía a su cerebro, y como un aro de hierro que oprimía gradualmente su pecho, asfixiándola. Comprendió lo que sucedía...

El Amor a quien creía tener en brazos, estaba más adentro, en su mismo corazón, y Eva, al asesinarle, se había suicidado.




GLOSARIO
Maula
En Perú, Argentina y Uruguay, palabra que designa cobarde y despreciable.

Zalamería
Halago, demostración exagerada de cariño.
Guija
Piedra pequeña redondeada por la erosión.
Lúgubre
Triste, fúnebre…





 [U1]Es un género narrativo

 [U2]Inicio del cuento

 [U3]desarrollo

 [U4]clímax  o nudo

 [U5]desenlace


 [U6]subgénero del cuento

 [U7]personaje principal o protagónico

 [U8]personaje secundario o antagónico

 [U9]personaje incidental

 [U10]personaje incidental


CUENTOS DE CIENCIA FICCIÓN
El corazón de la máquina

Luis Bermer
La máquina nunca se detiene.

El disonante chirrido de los inmensos engranajes sobre nuestras cabezas, formando parte del zumbido ininterrumpido de las turbinas. Escapes de vapor resoplando en las alturas inalcanzables a la vista, reino de la oscuridad. El gas que inhalamos es nocivo, pero necesario. La cadena trae aquello a lo que los moldes de metal líquido dieron forma, muchos kilómetros arriba, en los estratos superiores. Compruebo la firme sujeción de la vaina radioactiva a los anclajes del cuerpo del obús que llega a mis manos. Ha de ser perfecto porque la perfección es posible, lo único posible con nuestro trabajo. La hilera de piezas orgánicas que conformamos junto a la cadena no tiene fin. Bajo la rejilla a nuestros pies se abre un abismo de estructuras metálicas, débilmente iluminadas por destellos incandescentes, que provienen de la actividad que se desarrolla en las profundidades. Columnas de tubos humeantes invaden su legítimo espacio, conectando distancias inaprensibles.

Toda pieza es sustituible.

El ruido es ensordecedor por momentos. Una cascada de chispas se derrama desde algún lugar, tal vez un cable eléctrico se ha desprendido. Todas las vainas llegan perfectamente ajustadas, una tras otra. Imágenes en azul se apoderan de mi mente: cientos de cañones gigantescos apuntando hacia el cielo disparan sin cesar contra nuestros enemigos. La tierra tiembla. Luz blanca envuelta en llamas convierte la noche en día y...tengo que parar. Los pensamientos no son útiles para la máquina, entorpecen su correcto funcionamiento.

El daño es reparable.

Fabricamos muerte. Fabricamos victoria. Una tras otra. Compruebo y admiro su absoluta perfección. Una violenta explosión lo sacude todo, pero no perdemos el equilibrio. El impacto ha sido lejano. Durante unos segundos nos cubre la oscuridad, aunque la cadena no se detiene. Nuestras fuerzas redobladas compensan la insignificante pérdida. No existe aquello que no podamos conseguir. Me arden los brazos. Inconfundible el distante sonido de los martillos al golpear las planchas de acero, descendiendo sobre nosotros para bendecir nuestras energías. Un hilo de sangre brota de mi nariz.

Nada es desechable.

Temperatura extrema. El dolor que recorre mis brazos cubiertos de ampollas, dejándolos inservibles, es un impedimento a la consecución del fin. Ya no puedo tocar las obras sin defecto que trae la cadena. Se abren. Supuran sangre negra. He caído de espaldas sobre la rejilla. Me recogen, arrastrándome lejos de la perfección que he conocido. Afortunadamente, una infinidad de piezas podrán ocupar mi puesto, asegurando la máxima eficacia. La máquina no debe percibir la sustitución. La nueva pieza está ya en su nuevo puesto, es lo último que veo antes de iniciar el descenso. Mi carcajada es de pura satisfacción. Sé cual es la nueva función que me corresponde por derecho. Descendemos por pasajes abiertos que no parecen tener término. El metal dibuja inconmensurables estructuras infinitas en su gloria. Nos acercamos. Puedo sentirlo en el ritmo palpitante de las vibraciones que hacen inseguros nuestros pasos. El fragor lacera oídos a punto de quebrarse irreversiblemente y el calor es suficiente para desprender la piel, la intensidad roja quema los ojos, pero nada de eso importa porque ya hemos llegado.

Será un honor servir de alimento al corazón hirviente de la máquina.

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